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Primera memoria escrita y primeros lectores en Pereira (Risaralda, Colombia) a comienzos del siglo XX: el ingreso a la vida moderna (Universidad Nacional de Pereira)

RESUMEN:

El presente artículo indaga por la producción, contenido y circulación de algunos de los primeros periódicos publicados en Pereira (Risaralda, Colombia) en las dos primeras décadas del siglo XX, con el fin de rastrear en ellos las imágenes iniciales de ciudad y la forma como opera el discurso de la prensa en la composición de unos roles sociales. Así, se destaca el papel del periodista frente a la administración local y la sutil emergencia de unos actores modernos: el suscriptor, como receptor comprometido con la circulación de unos impresos, y el lector, como el usuario que empieza a hacer uso de las primeras bibliotecas locales. Aquí se pregunta por la primera memoria escrita que se teje en la ciudad y por sus implicaciones en la construcción de una dinámica social, donde el registro periodístico contempla un proceso histórico, convirtiéndose en documento esencial para comprender una noción de vida en comunidad, a propósito de los procesos de modernización que tempranamente asumió Pereira en el siglo XX, en una época en que, en términos administrativos, estaba adscrita al llamado Gran Caldas.

Apuntes de viajeros e inmigrantes:una memoria inicial

Cuando me refiero a la primera memoria escrita de Pereira en las tempranas décadas del siglo XX, aludo a ese tipo de material impreso que tuvo una circulación y aceptación en el medio y que sirvió de base inicial para configurar, desde las palabras de molde, una idea de ciudad y sociedad en ciernes, no ajena a los complejos fenómenos de la colonización, en la que participaron grupos provenientes de Antioquia, Cauca y Tolima. Me refiero, en esencia, a una serie de documentos que aún se conservan en hemerotecas o colecciones particulares y que llegamos hasta ellos con la idea de actualizar sus contenidos. Por este camino, queremos comprender los procesos de recepción de los primeros documentos escritos que circularon a modo de periódicos en la provincia y la forma en que cobra visibilidad, sutilmente, la imagen estimulante de dos actores modernos: el suscriptor y el lector.

La vida oficial de Pereira, de acuerdo con la más fuerte tradición propagada por los cronistas que nacieron a la luz del trabajo inicial de Carlos Echeverri Uribe en sus Apuntes para la historia de Pereira (1909), se estableció el 30 de agosto de 1863, cuando al edificarse una parroquia —considerada unidad territorial en el período republicano decimonónico—, el padre Remigio Antonio Cañarte ofició la primera misa en una esquina de la plaza de Bolívar (Martínez 2013, 28-29). Desde entonces sus imaginarios ligaron el nacimiento del poblado a la idea de la fonda como un primer centro comercial de intercambio, una «bolsa mercantil» y un «intermediario comercial» entre unos actores decisivos: «el comprador, el vendedor y el prestamista», según lo expuesto por Antonio García (1978, 37) en su Geografía económica de Caldas. García sostuvo que la fonda era el «eje de la comunidad» y funcionaba como una «especie de oficina pública de transacciones», antes de que fuera debilitada por la construcción de carreteras y ferrovías, a través de las cuales se activó otro tipo de mercados y un comercio mucho más organizado y menos informal. Esta visión en torno de la fonda como centro comercial fue destacada por Carlos M. Ortiz en 1986, cuando se preguntó por las características comerciales de la región del Gran Caldas posterior a la empresa colonizadora.

Esta dinámica inicial, derivada de las prácticas de la arriería, permitió expandir el caserío o la «villa» a la vera de un camino que conectaba al occidente del país con Manizales y el Tolima. De allí proviene esa impronta que reconoce a la ciudad como un lugar de tránsito y de paso, que suele acoger al forastero en sus fondas y posadas. La idea, por tanto, de una «ciudad sin puertas», anida desde entonces en el entramado social, haciendo menos tortuoso el arribo de los grupos inmigrantes, al interior de un país en constante desplazamiento, a la vez que se traza la marca identitaria de un lugar en el espectro de unos valores y un deber ser: la solidaridad, el civismo, la hospitalidad, entre otros (Valores pereiranos 2000).

Las primeras imágenes de ciudad y de vida comunitaria pueden rastrearse fragmentariamente en los diarios de algunos viajeros extranjeros que a su paso por la región, rumbo al sur del país, se detuvieron a pergeñar algunos cuadros de costumbres, en torno a una vida dedicada a la labranza y el comercio en pequeña escala. Al viajero francés Félix Serret (1994, 101-119), por ejemplo, le llamó la atención en 1911 la arquitectura colonial de las posadas y el diseño interior de estas amplias casas céntricas, donde los pisos bajos servían de bodegas y caballerizas, mientras los pisos altos, a los que se llegaba subiendo «una escalera monumental, pero en ruinas», habían sido adecuados como habitaciones para viajeros, «divididas con pedazos de lienzo». El precio que pagó por habitación le pareció mucho más barato que lo que se vio obligado a pagar por el alquiler de las bestias a un arriero borracho. El destino de llegada de Serret era Manizales, pero se detuvo en los estanquillos de Pereira donde, en lugar de licores, le ofrecieron golosinas y comidas. Al advertir el agite del comercio, el viajero dice entender por qué a las gentes de esta zona se les conoce como los «judíos de Colombia».

Por otra parte, de acuerdo con las pesquisas del escritor y periodista Miguel Álvarez de los Ríos, la memoria inicial de la aldea a finales del siglo XIX tiene la forma de la evocación que hiciera, a modo de versos y rimas de estructura sencilla, el notario y poeta Elías Recio en 1928, conforme al contenido de su libro Recuerdo historial, publicado en la Tipografía Cauca de Cartago. Recio fue amigo de Jesús María Ormaza, uno de los personajes principales en el proceso de fundación de Pereira y fue también uno de los primeros poetas en publicar sus versos y artículos de opinión en la prensa local. En acto celebrado en la Academia Pereirana de Historia en el año 2000, Álvarez de los Ríos hizo énfasis en el valor documental de los hechos que el notario Recio contaba, pues más allá de que en esos relatos pudieran leerse las primeras motivaciones de «la aplicación del Derecho y la Justicia en nuestro medio», podía encontrarse allí el sumario de unos cuadros de costumbres, en torno a la vida bucólica de la recién fundada «villa»:

    Recio empieza a rimar recuerdos sobre la vida de Pereira en el último tercio del siglo XIX, del que ha sido testigo, y con su fina letra de notario va perpetuando en versos irregulares aquel desangelado acaecer, peleas de vecinos, lances de arrieros, desastres ocasionados por los desbordamientos del río Otún; huellas simples de un pueblo sobre cuyas colinas florecidas de adelfas vierten su agua fecunda las estrellas (Álvarez 2007, 477).

El notario Elías Recio optó por la versificación para tejer el relato como testigo de su tiempo: «No había terminado el año,/ cuando Sebastián Montaño/ llegó ante el Corregidor,/ a quejarse de un señor/ llamado Pedro Salinas,/ quien le robó seis gallinas/ y un gallo reproductor» (Álvarez 2007, 478). Después de estas evocaciones primarias los diarios de apuntes de los viajeros le dieron un lugar más amplio al ejercicio de la memoria en torno al acendramiento de la ciudad. Y a partir de la instalación en 1903 de la primera imprenta en Pereira, se pasó al registro diario de la crónica periodística. El taller de imprenta fue abierto por un dentista de profesión, don Emiliano Botero, «ciudadano muy honorable que de la noche a la mañana se hizo periodista», de acuerdo con el balance que sobre la historia del periodismo local hiciera Eduardo Correa Uribe en 1960, antiguo director de los periódicos Sangre Nueva (Pereira, 1919) y El Día (Pereira, 1922). La metáfora es bien significativa de la manera casual y espontánea como empieza a darse cuerpo a la memoria escrita de la ciudad.

El taller de la imprenta: los primeros textos de circulación local

Para Eduardo Correa Uribe (1960, 76) el dentista Emiliano Botero «vino a luchar por el progreso y adelanto de la pequeña ciudad que era Pereira en la primera década del siglo XX». Botero fue el director de El Esfuerzo, periódico en pequeño formato, donde solía ofrecer a sus lectores-clientes fincas y solares «muy bien situados», cerca de la plaza de Bolívar, al tiempo que les recordaba su antiguo oficio, en razón a que él había «practicado por más de 25 años la profesión de extracción de piezas dentales», por lo cual ofrecía sus «servicios a todos los que tengan a bien ocuparlo». Quien requería de sus servicios profesionales podía encontrarlo en «el local de la Imprenta, y va a toda hora del día y de la noche a domicilio. Esto lo hace en la confianza de larga práctica y de haber adquirido el permiso que exige la ley, en virtud de un examen aprobado por el Sr. Prefecto de la Provincia. Precios módicos».1

Asnoraldo Avellaneda (1959, 6), uno de los testigos de aquellas décadas, anota en sus apuntes históricos sobre Pereira que don Emiliano Botero publicitaba su taller fijando cartelones en las esquinas y en la puerta de su tipografía, anunciando que tenía para su clientela una variedad de tipos de letras. El Esfuerzo «constaba de dos hojas» y en él era frecuente leer crónica roja. Una de ellas «trataba de un homicidio que hubo, protagonizado por Alejandro Campuzano y Alejandro Trujillo, que se publicó bajo el alarmista título: «Alejandro Campuzano mató a Alejandro Trujillo por celos de una niña de 55 años. El hecho ocurrió en el Alto del Clarinete»; que quedaba, como ya lo anoté antes, cerca de los antiguos tanques viejos […]».

No era extraño para la época encontrar una directa relación entre las labores del comercio, ejercido en buena parte por inmigrantes, con las inquietudes intelectuales de personajes que pronto se vincularon a la política y a la actividad económica. Son los comerciantes los primeros que impulsan las empresas periodísticas y son ellos lo que conformarán en estas primeras décadas del siglo XX compañías de teatro, tertulias y veladas literarias, instituciones educativas, entidades de caridad y sociedades de apoyo a las obligaciones y deberes que las autoridades locales adquirían con la comunidad.

Por este sendero, se establece el periodismo como oficio y la idea de narrar como registro de un devenir. Los ideales de progreso, los propósitos de animar obras materiales, la necesidad de vincular el poblado a los incipientes procesos educativos de un país aislado, con escasas vías de comunicación, empezó a exigir su propio relato. Los editoriales y las páginas sociales de los pequeños periódicos dieron cuerpo a ese relato, a la representación inicial de una idea de ciudad. Eran los tiempos en que el mayor desvelo de las autoridades consistía en precisar los límites entre el ámbito rural y el urbano, por lo que se le pedía a los lugareños no excederse en la tenencia de animales en sus predios y en asumir conductas apropiadas para una vida moderna, en la que era requisito guardar unas normas de cortesía, unos deberes morales y de civilidad, de acuerdo con lo estipulado en el «Manual de Urbanidad y buenas maneras…», que el venezolano Manuel Antonio Carreño publicó por entregas a partir de 1853. La mayoría de sociedades latinoamericanas convirtió ese manual en una guía de obligado uso. No era aceptable, digamos, que las mujeres fumaran en las calles, porque con esa conducta daban mal ejemplo:

    1. Hemos visto con pena a algunas señoritas de aquellas que se dicen la flor de la sociedad, teniendo el descaro de andar por algunas calles fumándose muy si señoras un cigarrillo o un cigarro, y lanzando al aire bocanadas de humo, sin acordarse de que Carreño prohíbe eso de que las señoritas fumen en la calle, y sin tener en cuenta que la Sociedad ve ésto con repugnancia. Ojo a la urbanidad del Dr. Carreño; estúdienla para que en lo sucesivo no veamos que en las señoritas se cometan irregularidades de esta clase.

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Unido a la exigencia de unas conductas y comportamientos ideales, surgía también la noción de una vida urbana, en la que se requerían parques y plazas, lugares de encuentro para una comunidad ávida de experiencia ciudadana, ciertas normas de convivencia que hicieran más apacible la vida del colectivo.

    1. Hay en las calles principales algunos registros con tapas muy malas y para arreglar algunos acueductos se hacen huecos que se dejan destapados durante la noche. Si hay necesidad de que así sea, al menos debe colocarse una luz ó algo que evite el peligro de una caída funesta. Los frentes de las casas están un poco sucios.¿verdad? y una manito de cal, les sentaría muy bien.

 

«En los tiempos de Job el pacienzudo era tenido el burro en gran valía» y no lo dejaban vagar por las calles como aquí sucede. El Distrito ganaría si el señor Alcalde impusiera una multa á los que dejen los animales vagando en las calles y que se haga extensivo á los perros que hay noches que no dejan dormir.

Bueno sería también que el parque no se quedara en mero proyecto siendo una cosa que hermosearía notablemente la población. Sabemos que en varias casas tienen ya árboles destinados para ese fin. El todo está en que se fije definitivamente el punto y se haga el trazado. Para esto hay personas muy competentes y luego la plantación de árboles es muy sencilla. Si se creara, como lo indicamos hace días, la Sociedad de Embellecimiento, indudablemente ella se interesaría por esa hermosa obra. Ya para el cerco provisional, se había colectado una suma. ¡A la obra pues!3

Las empresas periodísticas: el tratado de unos temas de interés

La mayoría de publicaciones de esta primera época de la ciudad trataba temas de variedades, o, como solían especificar en los cabezotes de las hojas periódicas, asuntos de intereses generales. En tales publicaciones se hacía énfasis en una línea editorial que no soslayaba la filiación política del propietario del impreso, ni las posturas críticas frente a las disposiciones legales emanadas del Concejo Municipal, de la alcaldía (Prefectura) o de los juzgados. Asimismo, registraban, no sin sorpresa, las obras cívicas y sociales que la comunidad exigía con altura. Algunos de los periódicos y revistas fueron órganos de difusión de instituciones educativas, varias de ellas dirigidas por los escritores y humanistas de la época. Recuérdese a Benjamín Tejada Córdoba, Ignacio Torres Giraldo, Emilio Correa Uribe y Alfonso Mejía Robledo. Siempre se daba espacio a la publicación de poemas, sonetos, charadas y crónicas de color local, no exentas de tratamiento humorístico e irónico. Se destinaba, por lo general, una o dos páginas para destacar el directorio comercial de la ciudad. Era la venta de publicidad la que permitía quizá la circulación de los periódicos, porque en cuanto a los suscriptores, éstos no solían responder regularmente a las obligaciones adquiridas con la empresa editorial. Así que los responsables de las hojas periódicas eran recursivos para llamar la atención de empresarios y comerciantes con el fin de que invirtieran en avisos publicitarios: «Anunciar es vender». Esta frase aparecía en las páginas de El Pueblo, del 30 de octubre de 1909.

No se trataba, por supuesto, sólo de alentar la producción y el intercambio. Se trataba también de alentar un proceso de vida en comunidad. Y el «periodismo parroquial», como lo llamara Hugo Ángel Jaramillo (1983, 464), sobre la base de la «palabra escrita surgía como el primer medio de educación masiva entre los habitantes del floreciente municipio; así fuese tan sólo en un principio, para anunciar la compraventa de solares o de animales que la comunidad necesitaba».

Solía reproducirse en estos medios impresos obras breves de autores españoles, franceses e ingleses reconocidos, y textos de autores nacionales de prestigio como Rafael Núñez, Guillermo Valencia, Julio Flórez, Ricardo Nieto, Luis Tejada y José Eustasio Rivera. Era también el espacio para que los autores de la localidad publicaran sus obras iniciales. Allí se destacaban las profusas composiciones literarias de Elías Recio, Lisímaco Salazar, Ignacio Puerta, Alfonso Mejía Robledo, Benjamín Tejada Córdoba, Carlos y Emilio Echeverri Uribe, Victoriano Vélez, Juan B. Gutiérrez, Ramón Correa y Aníbal Arcila. Hablamos aquí de los primeros escritores que surgieron en la ciudad, de los primeros narradores y poetas que empezaron a darle una mayor dimensión humana e intelectual al colectivo. Hablamos de la palabra escrita y de lo que ella promueve en las dinámicas de una sociedad que impulsa la construcción de su propia memoria, en su necesidad de representarse. Hablamos, en suma, del ejercicio de una «prensa literaria», como la denominara Carmen Elisa Acosta (2005, 397), al referirse al papel que ésta desempeñó en la construcción de ciertos gestos del lector en el siglo XIX.

Es un hecho que entre los varios documentos que fortalecen la memoria escrita de Pereira, los que pertenecen al ejercicio del periodismo suelen ser los más visibles y los más comentados. Los periódicos ocupan un lugar cómodo en las dinámicas cotidianas de los grupos. Son espejo y reflejo de un accionar común e influyen directamente en lo que Manuel del Socorro Rodríguez llamó, en el siglo XVIII, la «pública educación», en vista de que su propósito más noble, en el horizonte de la moral y el orden, sería el de ilustrar a las gentes por medio de «suaves lecciones acerca de lo que debe obrar cada uno en el estado y representación que obtiene en la República». Rodríguez iría más lejos en la valoración de los papeles en el campo de la sociedad, al decir que sin ellos era la sociedad la que perdía, «porque por ellos se há entablado un comercio racional, que produce considerables conveniencias á la vida humana».4

Las primeras conveniencias para el devenir de la vida local se verían reflejadas en la representación que de la vida cotidiana se hacía en las páginas periodísticas, al tiempo que se ejercía control social y político en relación con las necesidades que la comunidad demandaba frente a los ediles y el alcalde. El director del periódico hacía las veces de representante de una comunidad atenta a ejercer su derecho de ciudadanía; sabe que su labor será evaluada como compromiso cívico, porque entiende que está en juego informar, aclarar, llamar la atención. En Glóbulo Rojo, el periódico dirigido por Valerio Mejía en Pereira, entendían la función del periodismo como «el látigo que fustiga sin piedad la estulticia de las gentes, que viene chapoteando en la charca servil de la ignorancia, y, que abre la brecha salvadora que conduce al campo de la civilización, sitio donde pueden los débiles esgrimir la cimitarra de su palabra vibradora, de progreso y libertad».5

Los periódicos registran la minucia de un acontecer que cobra inusitado valor en las perspectivas históricas, por la serie de huellas que allí se revelan de la vida social y de sus crisis. Y si atendemos al balance que Obdulio Gómez C., en calidad de director del periódico Polidor, Periódico Crítico-Literario, hiciera el 23 de febrero de 1918, el número de empresas periodísticas que hubo en las primeras décadas del siglo XX en Pereira, fueron bien significativas, a pesar de las adversidades con que dichas empresas buscaban un lugar en lo público:

    1. Se puede asegurar que lo que hace que la Imprenta llegó a esta tierra ha habido más de 50 empresas periodísticas, y todavía no conocemos la primera que haya podido sostenerse; porque la morosidad de suscriptores, el ningún apoyo del comercio con los anuncios y la ninguna afición de la mayoría de la sociedad a la lectura, las hacen fracasar indefectiblemente, aunque los que quieran luchar les sobre buena voluntad para ayudar al progreso y adelanto de la tierra.

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Obdulio Gómez, propietario de Polidor, tituló su artículo «Expirando» y empezaba por contar su propio drama: era muy posible que su empresa periodística tuviera que ser cerrada, luego de haber puesto en circulación sesenta números (en doce series), de Polidor. La edición número sesenta, escribe, podría constituirse en el «último suspiro»: «pues parece como inverosímil que en Pereira, población de más de 19.000 habitantes no se haya podido sostener la primer publicación, en ninguna forma, ni con ninguna idea; pero no es sino una triste verdad que a diario y desde hace mucho tiempo la estamos palpando».7 A esa triste verdad se refirió también en 1963 Fernando Uribe Uribe, cuando al hacer su balance del periodismo que se hizo entre la aparición de El Esfuerzo (1905) y Tricolor Vendimias en 1914, afirma que la ciudad padeció una «epidemia periodística», a raíz de que eran muchos los ciudadanos que deseaban tener su propio medio de expresión para defender fines particulares. Pero entre el paso de una estación a otra, subraya irónico el cronista, las hojas periódicas «se marchitaban y morían». Conforme a su mirada crítica, el entusiasmo de las empresas individuales duraba poco tiempo y sus promotores se refugiaban en el silencio. Esa era una de las razones por las cuales los escritores de la época, aquellos que pudieron haber fortalecido procesos de escritura, «se esfumaron en el vacío, cuya pluma generosa tanto hubiera servido a las letras patrias» (Uribe, 1963, 81).

Pero volvamos a la querella del periodista Obdulio Gómez. Lo del propietario de Polidor era en efecto un reclamo constante entre quienes arriesgaban un patrimonio económico en las difíciles empresas del periodismo de esa época. El hecho de que dos semanas después de aquella protesta haya continuado con su empresa y publicado el número 61 de su periódico, realza la actitud de los buenos comerciantes que enfrentan las crisis del mercado con estoicismo. Aunque aprovechará esta ocasión para sentar su inconformidad frente a las implicaciones que tiene para su labor sentir y padecer las diferencias de clase en su poblado, por el hecho de no pertenecer a la «grey», a la «masa pudiente», dice, que tiene dinero y que, por lo tanto, cuenta con mayor aceptación social para llevar a cabo sus proyectos:

    1. Cómo es de doloroso y de inconcebible que en una sociedad como la nuestra no pueda el pobre abrirse campo, porque en lugar de darle la mano se le sepulte y en vez de ayudarlo se le dé el puntapié.

 

«Polidor», tantas veces fracasado, seguirá sin embargo adelante, aunque los pulpos que pretendan devorarlo, sin piedad lo atropellen y abofeteen; así es más meritoria la lucha y más glorioso el triunfo o la derrota.8

Si las cifras que desliza el propietario de Polidor son confiables, podríamos aventurar una estadística: en la ciudad expiraban, en promedio, tres publicaciones por año, si aceptamos que la primera publicación de que se tiene noticia se remonta a 1903, de acuerdo con los datos que suministró Óscar Jaramillo Osorio, miembro de la Academia Pereirana de Historia, en el momento de presentar y analizar los alcances del libro del cronista Carlos Echeverri Uribe, Apuntes para la historia de Pereira, a propósito de su reedición en la Colección Clásicos Pereiranos. Se trataba de El Pijao, cuya publicación estuvo a cargo del cronista Echeverri Uribe y su socio Mariano Montoya. En sus Apuntes Echeverri Uribe (2002, 75) contó que esta publicación fue «el primer periódico que se introdujo al Municipio», y que fue editado en la «Imprenta de Emiliano Botero L.», cuyo propietario la habría traído desde Manizales.

Cuando Emiliano Botero celebró el 25 de noviembre de 1905 la edición número 12 de su periódico El Esfuerzo, es decir, la primera serie, no escatimó elogios para sus lectores y agradeció que hayan comprendido que lo suyo superaba el mero interés personal: «Sólo hemos querido contribuir al progreso de esta ciudad que por tantos títulos nos es simpática. Pereira necesita ya una hoja periódica, y su sostenimiento interesa a la población en general». Una hoja periódica que, según argumenta, sólo se podría sostener con el entusiasmo de los suscriptores, a quienes se les empieza a dar un lugar de suma importancia en el campo de la transacción. A causa de la «morosidad» de los «suscriptores», conforme a lo analizado por Obdulio Gómez, las empresas periodísticas fracasaban en la ciudad. Detengámonos un poco en este nuevo actor.

Figura de la vida moderna: el suscriptor

La figura del suscriptor, tan moderna y tan próxima a la del lector, nace a la par de las publicaciones. El suscriptor es aquel cliente que debe pagar por anticipado el recibo de un producto, que personaliza un medio de intercambio y que al pagar por un servicio, compra el derecho a opinar y a tomar partido, en términos ideológicos, frente a la información que recibe. Gracias a la cuota pactada —la misma que suele hacerse pública en el cabezote del impreso—, el propietario-periodista puede imprimir sus hojas periódicasEl Esfuerzo de 1905, la segunda publicación impresa en los talleres de don Emiliano Botero y la primera que estuvo bajo su dirección, costaba $2 el ejemplar. Pero si el suscriptor compraba por anticipado 12 ejemplares, es decir, una serie, pagaba sólo $20. Y como el mundo de los suscriptores era aún reciente, solía hablarse de ellos con respeto en las páginas sociales, o aludir a sus negocios y familias, cuando no es que se destacaba el hecho de sus viajes y logros como personajes públicos. Era quizá un modo elegante de agradecer su apoyo económico y la confianza que depositaban en el comerciante de impresos.

Eso sí, como el pago de las cuotas no siempre se hacía a tiempo, a menudo los empresarios periodistas responsabilizaban a sus clientes de la no circulación de sus publicaciones o, en algunos casos, amenazaban con revelar los nombres de los suscriptores en la lista de los morosos, o con interrumpir el envío de la publicación a sus casas o negocios. Esta relación un tanto conflictiva con el cliente local la inició el empresario Emiliano Botero:

    1. Con MOTIVO de asuntos urgentes, tuvimos que suspender por pocos días la salida de este periódico. Hoy reanudamos trabajo con la misma voluntad y mayor energía, no sin llamar la atención a los suscriptores para que cubran sus valores pues no se concibe que una empresa como esta, perdure sin disponer de un medio y el valor de las suscripciones es, ni más ni menos, el medio de su sostenimiento.

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Menos diplomático, aunque tal vez más agobiado frente al inminente cierre de su modesta empresa, el joven Alfonso Mejía Robledo, el mismo que luego se dedicaría al oficio de la poesía, publicando sus primeros libros en Panamá y que en la década de los años veinte regentó el prestigioso Almacén Universal a un lado de la plaza de Bolívar. El mismo que en 1926 editaría Rosas de Francia en París, la primera novela de un pereirano, escribió en su hoja periódica Minerva de 1912, el siguiente aviso:

    1. Oído suscriptores

 

Todavía hay algunos que no han pagado la serie primera de «Minerva», por lo tanto deben cubrirla, porque como ya saben la Imprenta no fía, también para evitarnos la molestia de publicar sus nombres.

De los suscriptores depende la continuación de la hoja, pero si no pagan habrá la necesidad de suspenderla.10

Alfonso Mejía Robledo tenía quince años de edad cuando escribió este anuncio conminatorio. Aún adelantaba sus estudios de bachillerato en un colegio de Manizales, luego de cursar los primeros años en el Colegio Oficial de Pereira, bajo la rectoría de Manuel Salvador Buitrago, el primer Prefecto de la Provincia de Robledo en 1904, según los apuntes de Echeverri Uribe. Como lo recordara Mejía Robledo en una de sus columnas aparecida en 1958 en El Diario de Pereira, antes de que Minerva fuera publicada en los talleres de la Imprenta Nariño, su «diminuto semanario» lo editaba en el Colegio Oficial a mano y en «doble hoja de papel». De este semanario llegó a sacar hasta cien copias en «una plancha de cola de pegar». Más generoso en aquel momento con los suscriptores, el periodista propietario permitía que éstos pagaran con los medios que les fuera más favorable: «Este humilde periódico lo compraban los alumnos del colegio al precio de un centavo el ejemplar, y era de verse el interés con que era adquirido por mis condiscípulos, hasta el punto de que cuando faltaba el dinero lo pagaban con corozos, o bolas de cristal o caramelos».11

El segundo motivo por el cual fracasaban las empresas periodísticas, según Obdulio Gómez, era la falta de apoyo de los comerciantes en razón de la escasa pauta publicitaria. Al recordar en sus Pedacitos de Historia a Emilio Correa Uribe en las primeras décadas del siglo XX como el propietario y director de los diarios Brotes La Tarde, el cronista Lisímaco Salazar narra cómo la permanencia de estas empresas periodísticas era en realidad efímera. Con relación a La Tarde, escribe Salazar, la existencia del periódico fue fugaz y llena de «obstáculos tremendos que tenía que soportar el que se aventuraba a ser periodista. Las casas comerciales daban un aviso para publicarlo, después que le advertían: «Le doy este avisito para ayudarlo». Era como una limosna para el Director» (2013, 200-201). Una circunstancia que se aunaba a la dificultad que el periodista debía enfrentar con los problemas técnicos en su taller de imprenta. Lisímaco Salazar se refiere así a la imprenta donde Correa Uribe editaba su periódico La Tarde: «La máquina de esta empresa era demasiado mala. Todas sus piezas eran descodaladas y al timbrar las páginas del periódico producía un estruendo que se oía a dos cuadras de distancia» (Salazar, 2013, 200).

Es posible que los anuncios publicitarios fueran onerosos, pues mientras un ejemplar de El Esfuerzo costaba $2, un aviso en este mismo periódico costaba «a razón» de un $1 «la línea en forma ordinaria. En otra forma, a precio convencional «[…] No se devuelven originales ni se expondrá la razón, caso de no publicarlos» (Botero, 1905, 1). Lo otro que es bueno no perder de vista es que por aquella época la actividad comercial era incipiente y eran tal vez muy pocos los almacenes y negocios, ubicados alrededor de la plaza de Bolívar o en las calles adyacentes, que podían darse el lujo de invertir en publicidad; una publicidad que, como lo advirtiera el cronista Fernando Uribe Uribe (1963) en su libro Historia de una ciudad. Pereira estaba muy próxima al estilo de la poesía festiva, porque los editores optaban por llamar la atención de los suscriptores con ingeniosas composiciones poéticas, de carácter popular:

Cigarrería Ambalema

 

El que sea buen fumador
Y le guste cosa buena, Váyase sin dilación
A la fábrica «Ambalema»

Allí encuentra favoritos,
Violetas y Falsenaguas,
Los mejores tabaquitos
Que nos traen esta agua.

Buenos tabacos comunes;
En rama, de lo mejor:
Por eso sin dilación
Vaya Ud. a la «Ambalema»
Allí le compran la vena.

Y le ponen en tal fin,
Que juro por Santa Elena,
Que no volverá a comprar
Sino donde Hoyos Joaquín.

Esto fue lo que al fumar
Certificó «Polidor»
Jurando que lo anterior
Cuando tuvo alguna pena,
Corriendo se fue a comprar
Lo mejor de lo mejor
A la fábrica «Ambalema».12

En fin, pese a las dificultades para mantener en pie las empresas periodísticas y con ellas favorecer el oficio de impresor y tipógrafo, Echeverri Uribe enumeró las imprentas que se instalaron en la ciudad: la Tipografía Pereira (1919), del señor Víctor Mazuera en 1919; la Imprenta Conservadora (1920), perteneciente a una sociedad de filiación política del mismo nombre. Pero en ellas se publicaron pocas revistas y periódicos, igual que sucedió en las Tipografías Santander y San Miguel que el señor Julio Rendón inventarió en su revista Pereira 1863-1923. Pero entre todos estos talleres, el cronista Echeverri Uribe destacó la labor editorial de la Imprenta Nariño, la que dos comerciantes, Roberto Cano y Eduardo Piedrahíta, fundaron en febrero de 1909, luego de que fuera adquirida por ellos en Manizales, donde funcionaba con el nombre de Tipografía Caldas.

Imprenta Nariño: una empresa exitosa

Al instalarse en Pereira, la Imprenta Nariño prestó sus servicios a la ciudad y a poblaciones aledañas, «bajo la inteligente dirección del artista Sr. Ignacio Puerta C.» (Echeverri 1921, 75), un hombre del que Echeverri Uribe subraya sus nexos políticos con los republicanos, para contrastar su labor abierta con otras imprentas regidas por hombres de ideales conservadores y liberales. Por su parte, Lisímaco Salazar resaltará en su Autobiografía kilométrica (tomo 2, inédita) las virtudes de Ignacio Puerta como empresario y la importancia que éste tuvo en la formación de algunos escritores de la época. De hecho el cronista Salazar, luego de hacerse conocer como poeta a raíz de la publicación de algunos versos suyos en El poema (1918), que dirigía un pariente suyo, Alfredo Moreno R., fue invitado por Puerta para que trabajara en los talleres de la Imprenta Nariño, donde se dejó seducir por el complejo sistema mecánico que permitía la producción de una hoja periódica:

    Un día don Ignacio Puerta me llevó a conocer los talleres de la imprenta Nariño. Cuando abrió la puerta que comunicaba a dichos talleres con la oficina, llegó hasta mi nariz el olor del plomo, del estaño, y del amoniaco que contienen los tipos de imprenta. Cuando llegamos a la sección de máquinas el olor de la tinta se hizo más penetrante, pues imprimían en la máquina «Washington» unos carteles de colores que me recordaron la escuelita de Dolores Londoño, cuando nos hizo confeccionar a los alumnos unos dibujos en papel marquilla con anilinas policromas […] Don Ignacio me iba indicando el destino de cada cosa. Parado junto a una maquinita de mano, dijo: «Esta es la tarjetera». Yo, que había visto mi nombre en letras de molde, observaba el accionar de las máquinas; el ir y venir de la platina de la cilíndrica; el abrir y cerrar de la Libertti; el subir y bajar de la «Washington». Ejes de donde pegaban las ruedas volantes; bandas de cuero que iban hasta el motor trifásico; cuerdas de cobre que subían hasta el «suiche» que se conectaba o se desconectaba cuando era necesario. Piñones y cremalleras, cuyos dientes encajaban matemáticamente. Rodillos que recibían la tinta y la molían en un cilindro en la «Diamond» o en una platina en la «Libertti» y la «Tarjetera» (Salazar 1975, 414-415).

Es interesante la manera como el cronista Salazar describe el trabajo en la imprenta, porque allí se reconoce que la máquina se instala, sin duda, en las dinámicas de la vida moderna. Una dinámica que será tragedia más adelante, si cabe la digresión, para el tipógrafo narrador de la novela Casa de vecindad (1930) de Osorio Lizarazo, cuando este hombre se queda sin empleo porque ha sido desplazado por una máquina automática.

Si comparamos el balance que Obdulio Gómez presenta sobre el número de empresas periodísticas que hubo en las dos primeras décadas del siglo XX en Pereira, con la del cronista Carlos Echeverri Uribe, las cifras son un tanto cercanas. Gómez da cuenta de «50 empresas periodísticas» y Echeverri Uribe hace el inventario de 55 impresos que habrían sido publicados en la Imprenta Nariño entre el momento en que es instalada en la ciudad, es decir, en 1909, y 1919, cuando en ese año circulaban periódicos como Pereira Joven, del «Centro Boyacá», que dirigió inicialmente Emilio Correa Uribe, el mismo que a partir de 1925 sería el director de la revista Variedades. También circulaba en 1919 El Semanero, Periódico <<sin miedo y sin vergüenza>>, que dirigió Juan Bolívar S. Asimismo, El Poema, Periódico Poético, que dirigieron, en sus primeros números, Alfredo Moreno e Ismael Obando. En este inventario, sin embargo, no se contaban los periódicos que la Imprenta Nariño publicaba por contrato con empresarios de otras ciudades. Recordemos ahora algunos de esos impresos: La Empresa (1910) de Segovia, Antioquia; La Góndola (1911), de San Francisco; El Centinela (1911), de Santa Rosa de Cabal; Judex (1919) de Calarcá; Fulgores (1919), El Infantil (1919) y El Tábano (1919) de Marsella y El pequeño liberal (1919) de Armenia.

El ejercicio periodístico era intenso y a pesar de la fugacidad de algunos de estos proyectos, queda claro que la ciudad le apostaba a la construcción de una memoria escrita en la que hoy leemos sus huellas y en la que se anuncia el ingreso de Pereira, en tanto tejido urbano, a la vida moderna, a través de nuevos actores sociales. Uno de ellos, el lector, empezará a hacerse visible en el plano de las representaciones de grupo.

Segunda figura de la vida moderna: el lector en busca de bibliotecas

El cronista Carlos Echeverri Uribe, uno de los responsables de la edición de El Pijao (1903), el primer periódico del que se tenga noticia en la exigua memoria documental de la llamada Provincia de Robledo y uno de los colaboradores asiduos de El Esfuerzo (1905), el segundo periódico que circuló en la aldea, escribió en su recuento sobre el impacto de las imprentas en la ciudad, que lo que allí se publicaba tenía una vida breve, con poca proyección y planeación en el tiempo, a lo que debía agregarse el costo elevado de cada proyecto editorial, a causa del número tan reducido de ejemplares publicado. Frente a esta situación, concluía el cronista, «se retiran los lectores» (Echeverri, 1921, 77).

Parece, en todo caso, que estos esfuerzos iniciales por impulsar la lectura no eran suficientes. El cronista Echeverri Uribe concluye con algo de desaliento, al anotar que a las «causales» descritas por él en cuanto a lo efímero de los proyectos editoriales periodísticos, debía agregársele «la de que una parte muy considerable del vecindario es poco aficionada a la lectura y se tendrá el por qué duran aquí poco tiempo los periódicos» (Echeverri, 1921, 77-78).

Si los lectores se retiran o hay poco interés por la lectura como iniciativa, acaso por el costo elevado de los impresos, según un testigo excepcional de la época, se comprende que esto acentúe la ausencia de lectores en el poblado, como en su momento lo examinó el periodista Gómez al vaticinar el cierre de su periódico Polidor. Aunque también es justo destacar que poco a poco y más allá de los lugares de las imprentas, se generaba una cierta dinámica social que alentaba la lectura en varios escenarios, sobre todo los concernientes a la vida privada, donde, al decir de Nora Catelli, a propósito de la lectura en el mundo europeo decimonónico, va ganando espacio la familia y la comunidad, porque también va ganando espacio la vida subjetiva de los lectores: «[…] se leía en familia y en comunidad, pero también, cada vez más, en soledad» (2001, 38-39). En las propias páginas de Polidor, un cronista noctámbulo pasea por el centro del poblado y descubre esta imagen sublime e inolvidable:

    1. Vuelvo los ojos y allá en el fondo de otra botica, alcanzo a distinguir entre el fárrago de libros y frascos un hombre, que noche por noche veo con los ojos sobre un libro; debe saber mucho, porque los libros, esos mudos e ilustrados maestros enseñan mucho, siempre que bajemos a su fondo.

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Por su parte, el cronista Lisímaco Salazar recordó que sus primeros contactos con los libros los tuvo gracias a las conversaciones que sostenía con sus amigos. Uno de ellos, el médico Sixto Mejía (quien en 1944 publicaría el libro Mi senaturía y otros cuentos en la Editorial Arturo Zapata), a quien llegó a considerar «uno de esos lectores profundos que asimilaba el contenido de los libros» (Salazar 2013, 220-221), y fue importante para la formación del joven cronista Salazar, por la guía humana y espiritual en que desembocaba el diálogo con el galeno. En esta dinámica el libro se convertía en un objeto de uso, que empezaba a ocupar un lugar en la «maldita tranquilidad sugestiva de la aldea», como escribiera Luis Tejada en su poema «Yo no quiero la paz», en las páginas de Glóbulo Rojo del 5 de mayo de 1917. Agrega el cronista que Sixto Mejía se reunía con el dentista y escritor Eduardo Martínez Villegas y los hermanos Correa Uribe (Emilio y Eduardo) en un apartamento. Allí

    […] amanecían comentando los mejores y los más grandes autores […] siempre fueron sus mejores amigos y compañeros en esto de leer y comentar con pasión las cosas que se saben de los que están metidos en el alma de los pueblos por sus obras magníficas. Por esto, hablando con él, era lo mismo hacerlo sobre Miguel de Cervantes Saavedra, que sobre Juan Boccacio, sobre don Ramón de Campoamor, que sobre Dante Alighieri, sobre Homero, que sobre Logfellow o Edgar Poe (Salazar 2013, 220-221)

Luego de que Lisímaco Salazar descubriera la biblioteca de Clotario Sánchez, la lectura en voz alta y comentada constituyó para él una manera de fomentar las reuniones familiares en las veladas nocturnas: «Ese día llevé a mi casa ‘Bertoldo, Bertoldino y Cacaseno’, el que leyó con ansia infinita mi hermana y escuchamos mi madre, mi bisabuela, la tía Isabel y mi persona […] Seguí sacando libros cada semana de la biblioteca de don Clotario, para leerlos con mi hermana» (Salazar 2013, 60). Hacerse a los libros de los hermanos Sánchez era en realidad fácil y sencillo, ya que el alquiler por ejemplar era módico y el reglamento de préstamo de la biblioteca muy simple.

La práctica de lectura en grupo se repetía, de hecho, en otros hogares pereiranos, y esto podría constituir un avance de los modos de lectura que el sistema educativo, regido por el Catolicismo impuso en el siglo XIX, donde prevalecía la «lectura en público» de los textos de educación moral y religiosa, hecha en establecimientos de enseñanza, a partir de unas prácticas y rituales coercitivos. Así recuerda sus años de estudiante adolescente el cronista Uribe Uribe y las enseñanzas que recibió de Pedro María Echeverri, uno de los primeros educadores que regentó un colegio en Pereira:

    Éramos muchachos entre los 10 y los 16 años, de calzón corto y de pies descalzos, que apenas sabíamos leer un poco y escribir menos, iniciados en la doctrina cristiana, y las dos primeras operaciones de aritmética. Conocíamos la CITOLEGIA, un cuaderno que tenía de todo: desde las letras cursivas y de imprenta, hasta máximas de moral, base religiosa e introducción a las ciencias. Ya nos lo sabíamos de memoria, aún sin entenderla… [Pedro María Echeverri]: No usaba textos de enseñanza, no teníamos que comprar libros. Todos los útiles que nos exigían eran: tres cuadernos, un lápiz con borrador y un catecismo de Astete. Nos dictaba clase de historia, dictada del compendio de Henao y Arrubla, que leía con especial entonación y nosotros copiábamos en el cuaderno de historia y geografía, para recitarlo de corrido y ¡ay de quien no cumpliera la tarea! Y los versos de ortografía de Marroquín, que recitábamos como loras […] (Uribe 1963, 55-56).

La lectura en el mundo privado decimonónico, como lo advierte Carmen Elisa Acosta, no era permitida, porque de esta manera se evitaba que la «imaginación» de los lectores se acrecentara en la intimidad de sus hogares y con ella se incitara «la libre interpretación» de unos contenidos temáticos que pudieran escapar a lo que se entendía por lo literario: «todo aquel escrito que no atentara contra la moral y las buenas costumbres» (Acosta 2005, 402).

En el hogar de las hermanas Rendón, por ejemplo, la madre era la que decidía qué podían leer sus hijas y qué contenidos eran los más apropiados para su formación como damas hogareñas, capaces de mantener el orden en el mundo privado de la casa, de preservar unos ideales morales y religiosos, para lo cual eran educadas por las abuelas en oficios básicos: costura, bordados, tejidos, preparación de ajuares: «mujer que borda no peca», recuerda este dicho popular Albeiro Valencia (1996, 85-86) en su estudio sobre los roles que desempeñaban los miembros de la familia en el fenómeno de la colonización antioqueña: «Había toda una cultura alrededor de estas tareas», concluye. Por eso no extraña lo que Inés Rendón evoca de su vida en familia: «Nos tocaba remendar medias y calcetines en bombillos, mientras mamá nos leía novelitas románticas saltando hábilmente sobre párrafos y frases que ella apreciaba «inconvenientes» para nuestra edad».14 Las hermanas Rendón fueron famosas por haber participado en el rodaje de la película Nido de cóndores (Gil, 2002) que dirigió en 1926 Máximo Calvo —con guión de Alfonso Mejía Robledo—y por actuar en el Grupo Escénico, que solía hacer sus presentaciones de beneficencia en el Teatro Caldas.

Nora Catelli (2001, 39) escribe que la lectura comunitaria se va asociando a las mujeres: las letradas leen en voz alta a las iletradas. Por lo general se trata de textos religiosos, sobre vidas de santos y textos bíblicos, los contenidos que pueden compartirse en grupo. Pero hay un momento en que al oficio de estas lectoras se agregan otros materiales: «las revistas, los folletines triviales de vago fondo moralista y la frecuentación del romanticismo católico». Se comprende que la imaginación de las mujeres fuera alentándose considerablemente.

De otro lado, en los periódicos locales se estimulaba la lectura y se promocionaba la existencia de bibliotecas privadas que se ponían al servicio del público, o de bibliotecas adscritas a entidades de beneficencia, creadas en solidaridad con las familias pobres, como la que funcionó en la Sociedad San Vicente de Paúl. Esta entidad promocionaba un particular sistema de canje, al tiempo que buscaba recaudar recursos económicos para sus labores:

    1. PROPUESTA- Amigo lector: Te propongo un negocio que sí es de tu agrado y que te parece bueno. Fíjate en él, es el siguiente: Como a ti te gusta leer, yo te mantengo perennemente un buen libro, tú mismo lo escoges en más de quinientos volúmenes que tiene la Sociedad de San Vicente de Paúl, te lo cambio cada vez que quieras, y por ello no me pagas sino la insignificante cantidad de diez pesos en billetes, mensualmente.

 

– Aceptas?

– Sí?

Pues ve hoy mismo a la casa del señor Presidente de la Conferencia y allá te inscriben, allí mismo escoges la obra que quieras.

El producto está destinado para ampliar la misma biblioteca, y para aliviar las necesidades de los infelices.15

Por su lado, los pocos libreros que existían en Pereira se las ingeniaban para estimular la compra y lectura de libros, en una época en que, como lo escribió Lisímaco Salazar, no todos los libros podían ser leídos, salvo que tuvieran el visto bueno de los profesores, quienes a su vez escribían sobre moral, buenas costumbres y política en la prensa literaria: «No se permitía leer de los que importaban de otro mundo». Quienes desobedecían la prohibición podían ser castigados por sus profesores «ya fuera con una regla, golpeándola sobre la planta de una de las manos o con un fuete, corriéndolo sobre las espaldas» (Salazar 2013, 214). Con todo, en las páginas de los periódicos se estimulaba la lectura de libros, como el tipo de novelas románticas y de folletín que Alfonso Mejía Robledo vendía en su «Departamento de Librería» de su Almacén Universal en la década del veinte: «selectas obras científicas y literarias; escogidas obras poéticas y novelescas; famosos libros de arte y diversión», según rezaba la publicidad del almacén en la revista Lengua y Raza de 1926 (4, julio 3). En ese mismo anuncio se ofrecía la saga de novelas escritas por damas célebres como Carolina Invernizo y Carlota Braeme. Era, desde luego, la consecuencia de una iniciativa publicitaria que ya tenía historia en la ciudad. En las páginas de Paz y Trabajo de 1913, se podía leer el siguiente mensaje: «¿Es usted Literato, Sacerdote, Médico, Abogado, Institutor, Periodista? ¿Se ocupa U. en algún arte o ciencia? ¿Le place a U. algún género de lectura? Visite la Librería Moderna, Sucursal de Juan B. López».16

Una de las primeras bibliotecas privadas fue la de los Hermanos Sánchez. El cronista Ricardo Sánchez (1937, 51) escribió que Pereira debe a su padre, Clotario Sánchez, «la fundación de la primera biblioteca que hubo en la población». Los bibliotecarios publicitaban su empresa familiar en la prensa local y de poblados aledaños. He aquí uno de los avisos aparecido en las páginas del periódico El Cóndor, Semanario Literario y de Variedades, que circulaba en Santa Rosa de Cabal: «¿Quiere Ud. Instruirse? Con un centavo diario puede leer las obras instructoras, que acaban de llegar a la Biblioteca de Sánchez Hermanos».17

En los recuerdos del cronista Euclides Jaramillo Arango (1984, 139), Clotario Sánchez poseía en su biblioteca «grandes folletines franceses de los siglos XVIII y XIX». En sus páginas los dramas adherían al «más extremado romanticismo», y no existía, según el cronista, «persona alguna que sabiendo leer o contando en su hogar con un lector, no hubiera derramado copiosas y tristes lágrimas sobre las páginas de Rafael o de María». El Romanticismo era el estilo literario por excelencia de la época y no es difícil reconocer sus huellas en las obras poéticas de Victoriano Vélez, Ramón Correa, Elías Recio, Aníbal Arcila y Alfonso Mejía Robledo, cuya novela, Rosas de Francia (1926), es el más claro ejemplo de la repercusiones que tuvo este movimiento estético en los inicios de los procesos literarios en Pereira.

Lo cierto es que el libro cobraba presencia, tímidamente, en la vida moderna de la ciudad, pasaba a convertirse en objeto y en un artículo de consumo que incluso podía repararse y embellecerse. No deja de ser curioso la forma en que se pretendía llamar la atención del lector a este respecto. He aquí una publicidad llamativa, publicada en el periódico El Día de 1922:

    1. NUEVO SUICIDIO. En la carrera 7ª No. 191 y en los bajos de la señora Eva Monsalve V. De González encontrará Ud. el sujeto que transforma sus libros viejos en nuevos y por precio relativamente bajo. ¿Quién será? No deje Ud. señora perder sus novenas. Caballero: no olvide Ud. también hacer empastar sus libros que así evita mayores gastos.

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Aquí se puede sospechar las diferencias implícitas entre lectores femeninos y masculinos. Las mujeres debían leer libros afines a los temas religiosos, mientras los hombres tenían más libertad de leer libros sobre temas liberales, aunque bajo las restricciones ya señaladas por el cronista Lisímaco Salazar.

Con base en este panorama descrito en torno a la primera memoria escrita y a los indicios de los primeros lectores que visibilizó Pereira en las primeras décadas del siglo XX, se sospecha el ingreso de la ciudad a la vida moderna. No se trataba sólo de crecer en infraestructura y en lo que comúnmente se llamaba el progreso material, al que se aludía con frecuencia en la línea editorial de los periódicos locales: «Es verdaderamente lastimoso, ridículo, que en esta ciudad donde se siente constantemente el progreso material, no haya entusiasmo ninguno para asistir a un teatro, donde el alma contempla con deleite, ese círculo de instrucciones, de moralidad y arte».19

Se trataba, asimismo, de implementar una dinámica en la que los grupos pudieran fortalecer su vínculo con el sistema educativo y pudieran, en su limitada vida de provincia, ampliar el espectro de sus relaciones con el mundo de las ideas y la cultura.

El acto de leer periódicos y libros se convierte en un acto de afirmación y adherencia a un territorio. En tanto mapas discursivos, los periódicos despliegan señales y muestran un camino, despuntan un sistema de pensamiento. El suscriptor cobra cuerpo y prefigura la imagen de un lector que al tejer su propia subjetividad, reconoce en el afuera un mundo de representaciones de la vida moderna, en la que se hace urgente animar las relaciones sociales en parques y plazas, asistir a las veladas literarias y representaciones teatrales en los teatros, establecer comunicación con las demás provincias a través del intercambio y leer, es decir, hacerse a un mundo más complejo que el mundo histórico concreto, leer, como un acto de introspección y de intimidad; leer la realidad, como un acto de comprensión y diálogo con el ser social de la joven provincia.